Fundadora de la Congregación de Dominicas Hijas de Nuestra Señora de Nazareth.

Nace el 12 de septiembre de 1902 en Bogotá, Colombia; bautizada el 16 de octubre del mismo año; recibe la confirmación en 1903 y la primera comunión el 16 de mayo de 1912.

En 1917 elabora un plan de vida. El 20 de Noviembre de 1920, Dios le hace un llamado especial a la conversión, se propone hacer en su vida, la voluntad de Dios; de 1922 a 1930 realiza unas experiencias de vida religiosa, de las que se retira por motivos de salud.

Inicia la obra de Nazareth el 25 de marzo de 1938 y el 11 de Mayo del mismo año, se inaugura la primera casa de Nazareth. El 25 de junio de 1945, la obra de Nazareth es reconocida como Pía Sociedad y el 29 de Junio, hace su profesión en la tercera orden de Santo Domingo. El 9 de Noviembre de 1948, consagra oficialmente la congregación a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y ella es ratificada como fundadora de la obra. El 4 de agosto de 1950, la “Obra de Nazareth” cambia su nombre por el de “Hijas de Nuestra Señora de Nazareth, Dominicas”. El 25 de marzo de 1964 la congregación, recibe la aprobación diocesana, el 15 de abril la agregación a la Orden de Predicadores; y el 8 de septiembre de 1975 la aprobación pontificia.

El 28 de marzo de 1980, consuma la ofrenda de su ser al Señor, dejando huellas de santidad.

Maria Sara fue una mujer con personalidad carismática, de aguda inteligencia intuitiva y profunda para captar la realidad de su tiempo. Bogotana de su época y de su cultura, que sabe leer en los acontecimientos cotidianos el paso de Dios en la historia.

Una mujer intrépida, valiente, audaz, de naturaleza sencilla y tímida pero firme en sus decisiones, sensible pero capaz de resistir con heroísmo los embates de la tempestad, como roca firme.

Actualmente, Sierva de Dios y en proceso de canonización.

En sus escritos descubrimos a María Sara como mujer eucaristizada que palpitó siempre por ella:

“Quiero ser hostia pura y santa, para ofrendarme contigo a la gloria de nuestro Padre Celestial y en homenaje de gratitud por Tu permanencia en el Santísimo Sacramento”.

“Unir mi vida con Cristo Sacramentado por la practica de la imitación de su vida de Hostia; darme enteramente a las personas, mis hermanos, como Jesús se da a cuantos le reciben en la Santa comunión. Ya que no me es dado derramar mi sangre, hasta la última gota por amor a Jesús, como Él la derramó por mi amor, en el sacrificio de la misa, se la ofrezco de manera incruenta, en el vaso frágil y corruptible de mi cuerpo”.

“¡Qué elocuente habla Jesús desde la Hostia! ¡Qué misterio de fe y de amor! Su silencio, Su blancura, Su amor escondido a los que no lo quieren comprender ni escuchar; tan claro para los que de corazón lo buscan y quieren amarlo. Si: es preciso sufrir y adorar al Amante Divino sumergiendo el alma y el corazón en el misterio de su Eucaristía”.